Aeroplano: Avión. Aeronave más pesada que el aire, provista de alas, cuya sustentación y avance son consecuencia de la acción de uno o varios motores.
Estaba todo preparado: Nos recogerían en el aeropuerto de Barajas y nos iríamos directitos y evitando desfiles patrióticos, a El Oso, esa magnífica sidrería que está en la carretera de Burgos y a la que pensábamos dejar sin existencias de jamón y vino. Nos habíamos levantado a las 6 de la mañana pero íbamos contentos al aeropuerto pensando en todo lo que estaba por llegar.
Pues no. Aunque muy amable, la chica de facturación nos informó de que nuestro vuelo de Olympic Airways había sido cancelado. CANCELADO. La palabra sonó como aplificada en mi cabeza y en lo primero que pensé fue en la comida.... Ahhhhhhh. La solución: ir por Viena, donde un avión de Iberia nos trasladaría a Madrid, eso sí, cerquita ya de las cuatro de la tarde, con lo que lo del ágape se ponía más difícil.
Afortunadamente las conexiones fueron buenas y, aparte de unas cuantas horas más de vuelo y de aeropuerto, llegamos con bien a los brazos de los nuestros (e incluso al jamón).
Pero aprovechando la palabra de hoy no puedo dejar de comentar una cuestión que sólo conocen los que la han tenido que padecer, y que en mi caso ha sido con mucha asiduidad. Me refiero a viajar con niños pequeños, más bien bebés. Aquellos comprendidos entre o y 2 años que no pagan billete (aunque sí las tasas) y tampoco tienen derecho a asiento.
Normalmente, el personal de tierra se desvive cuando ve que viajas con un bebé. Vienen a ti para decirte que no esperes cola (cosa que me suele dar bastante corte), y que pases la primera. Esto, a decir verdad, se agradece muchísimo, ya que los niños suelen estar inquietos y cualquier cosa que les haga llegar antes al avión, ayuda muchísimo. Tú, a estas alturas ya te has empollado todas las reglamentaciones de la IATA sobre transporte de bebés, y llegas orgullosa con tu silla maxi-cosi homologada. Como además esta vez tienes la suerte de viajar en bussines, pues mejor que mejor porque podrás poner la super silla en el asiento que sobra. Bueno, esta es la teoría, pero dependiendo del vuelo (ojo, que no digo la aerolínea) y de la idea de seguridad que tenga la azafata jefe, la cosa puede cambiar mucho. Y sirvan como ejemplo los tres vuelos de este viaje: En el Atenas-Viena la azafata nos dijo que las cosas habían cambiado hacía un mes y que ahora era obligatorio llevar al bebé en brazos todo el trayecto se tuviera o no silla homologada, y se llevaron la silla. En el trayecto Viena-Madrid, con Iberia, la azafata nos dijo que si nosotros decíamos que la silla era homologada, ella no lo discutiría y que lo único que nos pédían es que cogieramos al bebe y lo asegurasemos con un cinturón infantil en el despegue y el aterrizaje. En el Madrid-Atenas la azafata nos dijo que cogieramos al bebé, pero que no le pusieramos el cinturon infantil porque era demasiado pequeño y podría ser más peligroso... En fin, que no hemos logrado saber cuales son realmente las regulaciones.
Y como comentario final: ¿Porqué se empeñan tanto en que entres la primera al avión y que no esperes cola, si luego te tienen esperando (en el "finger" en el mejor de los casos, e incluso a veces en la propia pista) hasta que los señores que descargan las maletas se percaten de que hay carritos de bebés y que sus dueños los necesitan para ir a por las maletas?
Creo que para cuando logre conseguir una teoría para tanto desbarajuste, mis hijas ya estarán mayores y no me afectará.
jueves, 18 de octubre de 2007
ΑΕΡΟΠΛΑΝΟ - Αεροπλάνο (Aeropláno)
Publicado por
Ana de Miguel
en
11:40
1 comentarios
miércoles, 10 de octubre de 2007
ΑΝΩΜΑΛΙΑ - Ανωμαλία (Anomalía)
Anomalía: Malformación, alteración biológica, congénita o adquirida.
Las doce del medio día. Volvemos de hacer la compra, que, como suele pasar cuando se muda uno, es cuantiosa y nos ha dejado exhaustos. Qué gran ventaja esa de tener garaje y poder subir la compra directamente a la cocina. O eso pensamos, porque cuando llegamos a nuestra calle nos encontramos con que un coche (un Toyota) está aparcado (por decirlo de alguna manera) en la entrada a nuestro garage, tapando, de paso, parte de la acera. Vamos, que un peatón tendría que salirse a la calle para poder seguir caminando.
La sangre se me empieza a calentar, pero pienso: "si alguien es capaz de dejar el coche así, será porque está muy cerca", y comienzo a darle al claxon. Primero un toque cortito... nada. Otro algo más largo... nada. Noto como el corazón se me va acelerando mientras sigo dándole al claxon cada vez con más ganas... nada. ¡¿Nada?!, pero cómo es posible que alguien tenga tanto morro! ¡Es que se merece que le pinchemos una rueda! Y venga a darle al claxon. Mi marido, que además de estar cabreado con la situación, se está poniendo de los nervios con mi insistencia en tocar el pito, me pide que baje del coche, mientras él empuja al Toyota con el nuestro de manera que, aunque lo deja en medio de la acera, permite la entrada al garaje.
Mientras él aparca, yo sigo esperando a que aparezca la dueña (lo siento, pero tengo el pálpito de que es una mujer, que seguramente está en la tienda de Armani, o de Christofle, que quedan aquí al lado) para que al menos tenga que pasar la verguenza de mirarme a la cara. Pero nada. Mi marido me dice que le ayude con la compra, pero la sangre que me está hirviendo en las venas no me deja oirle. "¿Pero como se puede tener tanta caradura? O sea, que ve que es un garaje, que tiene un NO APARCAR tamaño familiar y la gualdrapa de ella ni siquiera está pendiente. Yo es que tengo que hacer algo, es que esto no puede quedar así..." Mientras pienso esto (y lo digo, porque el cabreo es tal que estoy hablando sola en alto), siento que se despereza la macarra que llevo dentro, que agarra con fuerza el llavero y que llevado por una mano que en ese momento no me parece la mía, hace un rallajo junto al cerrojo del Toyota. Mi marido, que en ese momento sale del garaje, me ve y monta en cólera. "¿¡Pero cómo eres capaz de hacer eso!? ¿¡No te das cuenta de que te estás poniendo a su altura!?" y me hace entrar en casa con un cabreo monumental.
Dentro, la tenemos. Que si eso no se hace en ningún caso. Que si rallar un coche es de lo peor. Que si qué pretendo conseguir con eso... "Pues que escarmiente y no lo haga más" digo, indignada"Que se corra la voz de que, coche que aparca en nuestra entrada, coche que se lleva un rallajo".
Mi marido no comparte mi razonamiento y decide no seguir con la discusión vista la imposibilidad de convencerme.
Siguen pasando los días y me voy dando cuenta de que lo de aquella señora (sigo suponiendo, puesto que no la he visto en ningún momento) no es un caso aislado. Cada día, cuando llevo a mi hija de dos años a la guardería, veo que aquello no había sido una excepción, sino que es la regla. Voy porfiando a la vez que empujo el carrito, sorteando coches subidos a la acera que bloquean entradas a casas, a garages y a establecimientos comerciales. Tanto porfío que hasta mi hija cuando ve un coche cortándonos el paso, dice "Madre mía, no cabemos, ¡qué manía con los coches!", copiando la frase que repito y repito.
No me acostumbro, pero me va sorprendiendo menos la actitud. Decido que los atenienses, o bueno, por no generalizar, los habitantes de Kifisiá, que es el barrio donde vivo, tienen esa anomalía. Son incapaces de entender que no se estaciona en las aceras cortando el paso, o que si en un garaje hay una señal de no aparcar, será por algo.
Intento llevarlo mejor, pero no puedo... sobre todo cuando uno de esos días llego de recoger a la niña y me encuentro otro coche atravesado en la entrada de mi garaje. Según me voy acercando voy alterandome... vaya, qué casualidad, del mismo color que el de la señora. Vaya, qué casualidad, de la misma marca que el de la señora. Vaya, qué casualidad, con el mismo rallajo que el de la señora... Meto la mano en el bolso y encuentro las llaves, pero como soy una persona civilizada, las suelto y en su lugar cojo un post-it en el que escribo "La próxima vez llamo a la policía" y lo pego encima de la cerradura.
Al buen rato (he estado pendiente mirando por la ventana), veo que se acerca al coche una señora (lo sabía) con muchas bolsas de tiendas de renombre. Abro la puerta del garage para que me vea y al menos pase un mal rato. Me la quedo mirando con gesto de "cómo no se le cae la cara de verguenza", pero la señora no se inmuta, lee la nota, me la devuelve, se mete en el coche y se va.
Estoy tan sorprendida que ni siquiera puedo enfadarme. Llamo a mi marido para contarle la anécdota y pedirle que consiga un sistema de bolardos que impida que nadie aparque en nuestra acera y en mi agenda escribo "Al volver a España, ponerme en contacto con La Gitanilla para que me enseñe unas cuantas maldiciones". Y a ver si eso funciona.
Publicado por
Ana de Miguel
en
15:18
2
comentarios